¿Sabemos lo que comemos?


Esta frase me persigue en las últimas semanas, ¿te pueden perseguir las palabras? Yo creo que sí, se reunen en un lugar secreto y deciden convertir en coincidencia lo que en realidad es una estrategia, y así hoy mismo tengo que participar en un debate televisivo en el que habrá que definir si es cierto que sabemos lo que comemos. Tengo este otoño una cierta tendencia hacia la divagación, o si lo prefieren la dispersión. Me pregunto no sólo si sabemos lo que comemos, si no también si sabemos lo que leemos en los periódicos, si sabemos lo que les enseñan a nuestros hijos, lo que tienen los medicamentos: incluso los más inócuos… en fin, si a base de tratarnos como un rebaño, nos hemos convertido en idem.

¿En definitiva, qué sabemos en realidad?, quizá sabemos tan poco de todo que somos perfectamente manipulables, por ello nos creemos que los alimentos funcionan como medicamentos, que ciertos productos de farmacia o tienda de dietética son alimentos, y que cuando en la publicidad dicen que un producto es sano y natural o bajo en azúcar, realmente lo es.

Nunca como en el momento actual se había abierto una brecha tan importante entre lo que pensamos y lo que hacemos a nivel gastronómico, nunca como en la actualidad se habían editado tantos libros de cocina, que se coleccionan en los hogares pero que no se utilizan porque en las casas cada vez se cocina menos. Nunca como en la actualidad las televisiones, radios y revistas habían dado más información gastronómica con muy buena aceptación de la audiencia. Da la sensación de que preferimos hablar de comida, mucho más que cocinarla. Quizá por ello los chefs se han lanzado a la realización de cocina preparada, ofreciendo su marca de garantía para que, los más exigentes en la mesa, compren croquetas, lasaña o sopas “¿hechas por ellos?”. El microondas es nuestra nueva cocina: calentar y servir es lo que hacemos en el momento actual, eso sí, mientras vemos en la tele como un chef mediático prepara exquisiteces.

Comprar los platos hechos, hasta una salsa de tomate, es más barato que hacerlo en casa… ¡¡¡¿Nadie se pregunta por qué?!!!, nos parece importantísimo que los coches tengan medidas de seguridad por si tenemos un accidente, pero… y lo que nos metemos en nuestro cuerpo, ¿no nos parece importante?, el bollo lleno de aceite de palma, es tan nocivo para nuestra salud, para nuestra integridad física, como lo pueda ser llevar los neumáticos gastados.

¿Sabemos lo que comemos? No, ¿Por qué? Porque hay demasiada publicidad contaminando el mensaje sobre el contenido real de los alimentos, porque se continúa en el límite de la legalidad en cuanto a información sobre los productos que contienen los alimentos en sus propias etiquetas, porque a veces no nos molestamos en saber lo que comemos primando el precio, el regalo, que conozcamos la marca, etc. ¿Qué podemos hacer para tener un mayor control sobre los alimentos? Tomar conciencia de que es nuestra salud la que esta en juego, además de tener en cuenta que los productos más llamativos no son los más saludables, muchas veces es al contrario. Informarnos en cualquier asociación de consumidores, en la web sobre aditivos, conservantes, etc. ¿qué son, para qué sirven, dónde hay, en qué cantidades…?

Antes el alimento más sano era el menos procesado, frutas, verduras, carnes, pescados… ahora muchos de estos alimentos tienen demasiados pesticidas, estan en mares contaminados, se les da piensos no siempre seguros… por ello es importante que leamos las etiquetas de pescados, carnes, huevos, pollos ¿de dónde vienen?, ¿qué tratamientos ha recibido?.

Es mejor comer menos cantidad y más calidad. Es mejor sardinas buenas que dorada dudosa, pollo de granja ecológica que solomillo de ternera inquietante, es mejor tomar huevo de gallinas criadas en libertad que dos de gallinas enjauladas, es mejor comprar una hogaza de pan y tomar cada día un pedazo, que comprar una baguette que se estropea en horas.

Comer mejor es conocer lo que comemos y tomar los alimentos con moderación. En definitiva, y volviendo al principio, dejar de ser manipulables y tener un criterio propio, eso regularía el mercado hacia una mayor calidad.

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