A pesar de la globalización, aún quedan algunos pequeños tesoros…
Una de las grandes aficiones de la sociedad actual son los viajes. Millones de personas se mueven por el mundo más o menos cercano en busca de un conocimiento, que no siempre alcanzan, sobre otros países, otras personas, otras realidades… a veces en esa búsqueda, que pretende ser una aventura, uno se encuentra con que a quince mil kilómetros lo que se ve se parece demasiado a nuestro entorno cotidiano, y es que las grandes ciudades del mundo cada vez se asemejan más: parecidos a los nuestros son sus aeropuertos, sus canales de televisión, sus carreteras, su moda y para mi desgracia: sus restaurantes. La aventura se convierte en un fiasco, y el naufragio, a veces en calma tensa, casi siempre acontece en el hotel donde nos alojamos, impersonal y anodino, que podría pertenecer a cualquier parte del mundo.
Recuerdo aún un hotel de Tokio donde había un restaurante de cocina italiana, uno de los mejores de la ciudad, y otro de cocina francesa también muy reputado, pero ni asomo de cocina japonesa, una cocina que, sin embargo, sí estaba presente en los desayunos del hotel Cesar Business, de Sao Paulo, donde he estado a finales de abril para promocionar mi último libro “Los Secretos de la Cocina del Vaticano”, recientemente editado en Brasil, aunque casi ausente se encontraba la cocina brasileira de su carta a excepción de un día temático, creo recordar que el martes. Lo que damos por hecho no se valora, así que si quieres tomar cocina japonesa vete a Brasil…
En cuanto a lo de la cocina brasileña, ya es otro cantar. Después de cuatro días en Sao Paulo, donde hasta comí hamburguesas (no me lo tengan en cuenta), dije ¡BASTA!, quiero tomar comida brasileira (hasta en un restaurante paraguayo estuve). Con una estupenda cocinera que acababa de conocer, Camila, formada en Francia e Italia, que prestaba sus conocimientos a una conocida cadena de tiendas que poseen su propio restaurante, nos fuimos a Tordesihas, uno de los restaurantes más tradicionales de la ciudad, donde pudimos degustar los platos típicos, donde cabría destacar “La tula”, un puré suave de banana (que no plátano) con crema de leche y por encima calamares en salsa de tomate: espectaculares. No hay que perderse las frutas tropicales, las salsas con frijoles, los pescados y hasta las carnes en salsa deliciosas. Esa noche carioca me reconcilié con el mundo. Tampoco parecía posible escuchar música brasileira en la ciudad, finalmente en una bella terraza con la ciudad a los pies pude culminar un viaje que no se dejaba llegar quizá por algún curioso capricho de la vida.
Da igual los kilómetros que viajes, si no consigues cambiar de lugar la frustración está asegurada, yo casi perezco en el intento, nada de recuerdos (que ahora todo el mundo llama souvenirs), nadar de conseguir elementos diferenciadores, en los diez millones de habitantes de Sao Paulo y en sus numerosas calles muy poco te dice que estas en Brasil, si cabe alguna antena sinuosa… pero llegó el descubrimiento: a las 8 de la mañana en la ciudad, los puestos de “el café de la mañana” con dulces (mi preferido es el dulce de queso, allí llamado Queijo), el café de termo, los vasos de plástico, las improvisadas mesas en las puertas de las oficinas, hasta en los maleteros de los coches… por fin una diferencia. Estaba feliz.
Visite el mercado central, otra curiosidad: en la parte alta (entre restaurantes italianos, árabes, etc.) una terracita deliciosa nos proporcionó los pasteles brasileños tan ricos, de carne, de palmito, de bacalao y al fondo los puestos de pescado, especias, café… miles de olores, sabrosos, sugerentes…
Cada vez la búsqueda es mayor, como dicen ellos las “pesquisas” más complicadas, pero buscando bien se encuentran pequeños tesoros en este mundo globalizado donde cada vez hay menos diferencias para nuestro mal.
Abandono la ciudad de camino al aeropuerto, además de recordar a los amigos que allí dejé: Mel, Telma, César, Marco Antonio… compruebo como en pequeños carritos metálicos se venden helados, una mujer saborea uno, acaba de adquirirlo, tengo ganas de bajar pero ya no es posible, cuanto me hubiera gustado probar un helado de carrito…
Ya en el aeropuerto vuelvo al mundo global, helados de Haagen Dazs, el Burger King y hasta cafeterías de los Harrod’s… aunque mis pequeños tesoros no me los quita nadie.




Comentarios (Un comentario)
Hola Eva, acabo de descubrir tu blog y quisiera darte la enhorabuena por tus interesantes posts. La Gastronomía también es una parte importante en mi blog Felicidad y Calidad de Vida. Como tú sabes, es importante comer aquello que nos beneficia y nos aporta salud, pero también pienso, que es saludable darnos algún que otro capricho de vez en cuando, tanto es España, como en nuestros viajes por el mundo. Quizá también te guste echar un vistazo a los blogs de viajes en los que participo (incluidos en el blogroll de mi blog) en los que un grupo de amigos, amantes de los viajes y de la buena gastronomía, escribimos al respecto. Nos encantará recibir tus comentarios. Suerte con tu nuevo libro!!!
Enviado por Sara Mariner Ferris / 8 Mayo 2007, 10:19
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