¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?


Cuando era una niña y hacía alguna pregunta indiscreta a mis padres, que hacía muchas la verdad, ellos me contestaban: ¿Qué fue antes el huevo o la gallina?, supongo que no tendrían respuestas para alguien que descubría el mundo cuestionándoselo todo, y si protestaba añadían esa otra frase de “cuando seas padre comerás huevos”. El caso es que entre unas cosas y otras mis interrogantes no hacían más que crecer, las preguntas se iban haciendo cada vez mayores, y las respuestas cada vez más insuficientes. Lo malo no es lo que me ocurrió, lo peor es que según ha ido pasando el tiempo mi capacidad de sorpresa no ha hecho más que crecer, al mismo ritmo supongo que mis dudas y preguntas. Como diría el gran cocinero Santi Santamaría, en nuestra infancia se cocina todo, después solo caminamos en la dirección en que nos lleva la vida, a veces sin comprender, en la búsqueda por crecer y llegar… ¿a dónde? Supongo que a la felicidad, a la armonía interior, a la paz, etc. Además de no contestar a mis preguntas, con lo que me convirtieron en la preguntona que hoy soy, me escondían las magdalenas de domingo, esas que tenían huevos: lo hacia mi abuela. Las ponía en una cajita de zapatos, perfectamente envueltas con papel de seda debajo de la cama. Ese tesoro escondido era para mi más fascinante que si hubiera tenido un cofre lleno de joyas, ni que decir tiene que me comía las magdalenas a hurtadillas, con importantes broncas familiares y el apodo que aún hoy algún familiar de alta edad me recuerda: “eres un trillo”.

Seré lo que quieran, pero sigo sin saber si fue antes el huevo o la gallina, me inclino por la gallina, que en pepitoria esta de fábula, aunque con los huevos tengo debilidad, sobre todo si son de primera puesta y están fritos con patatas y jamón. No tengo solución, y no se si la quiero tener, supongo que la única ventaja de hacerse mayor es esa, que ya no te importa ser como eres y que al final debes aceptarte por la cuenta que te tiene.

Por ello he decidido comer lo mejor de lo mejor en cada momento, pese al sobrepeso, que me acecha bastante obstinado, pese a las modas culinarias y sus totems caramelizadores y liofilizadores de espárragos (es sólo un ejemplo), porque quizá como diría el propio Santamaría casi prefiero comerme un solomillo que reflexionar semanas sobre cómo debo comérmelo. No sea que mientras tanto llegue la vida y te lo quite.

Los cocineros hablan hoy más de Filosofía que de cocina, se cuestionan todo en un afán de trascender la comida más allá de la cocina, llevarla a los museos, llevarla a las universidades, llevarla a los laboratorios… Yo prefiero, ahora que he tranquilizado mi vena preguntona (sólo en parte), dejar la comida en la cocina, o mejor dicho prepararla en este lugar que me parece sagrado, y trasladarla a la mesa con su máxima pureza. Las hermanas Rexach, del mítico restaurante Hispania, triunfan con los platos que realizaba su madre hace medio siglo. La gente las reverencia porque los guisos saben y huelen como los de la infancia, porque los ávidos comensales han recuperado un poco de su identidad a través del guiso de patatas con langosta, del pollo con sanfaina, de la ensalada de tomates (de verdad) con cebollitas tiernas.

Viviremos la paradoja de que los platos económicos que se hacían hace cincuenta años ser convertirán en una “delicatessen” carísima, como el agua de manantial antaño recogida en garrafas en la montaña y ahora envasada en bellísimas botellas a precios prohibitivos.

Yo me compraré una maquina del tiempo y volveré a sustraer a escondidas las magdalenas del domingo, incluso las de diario sin huevos también me servirían, volveré a las natillas de mi abuela, al asado de mi madre, a las patatas con cordero y alcachofas. Nada sabe igual, porque nada es igual, ¿el motivo? La sobreproducción de productos: que todos tengamos de todo y todo igual de bajo en calidad; y por otra parte, la sofisticación de algunos preparados que enmascaran en muchos casos la calidad del producto.

Si me dan a elegir, como dice la canción, aquellas patatas con bacalao y esta langosta trufada, aquellas magdalenas y estas tartas, aquellos pescados guisados con estos al wok, si me dan a elegir entre la humilde comida de mi infancia y esta hija del frigorífico atestado, yo elijo la gloria, que es a lo que me sabían aquellos; sin pastillas concentradas, ni caramelizaciones, ni puñetas. Pero sé que volver es imposible, como lo es recuperar el gran amor perdido: es mejor ni soñarlo y regresar sumiso al mundo que nos ha tocado vivir, próspero en tantas cosas, doloroso en otras muchas.

Permítanme este ataque de nostalgia, la infancia es lo que tiene.

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