Agosto, frío al rostro… otro tópico ¡Qué le vamos a hacer!
No sé si es por los años acumulados, por el calentamiento del planeta o porque en las ciudades cada vez hay más plástico, metal y cemento, pero lo cierto es que cada verano siento que hace más calor que el anterior, y que el aire acondicionado, que era una frivolidad de algunos hace diez años, hoy se ha convertido en imprescindible para poder, al menos, trabajar.
Lo malo del calor es que produce además una especie de agotamiento físico y psicológico, un decaimiento que en ocasiones se traduce en apatía, pesadez y hasta somnolencia, además de quitar el apetito.
Pero me he dado cuenta que es en las ciudades donde todos estos males producidos por el calor se convierten en un “sin vivir”, mientras que en los pueblos la cosa cambia y la gente se adapta de forma rigurosa al calor, se madruga, se duerme la siesta, se trasnocha al fresquito, se utilizan los productos de temporada (que en verano son más refrescantes).
Cuarenta y siete grados marcaba el termómetro de mi coche a las cinco de la tarde, cuando lo cogí hace unos días en Ocaña (Toledo), donde tenía una boda. Sin embargo, por la noche refrescaba considerablemente y se podía dormir sin problemas. Si no podemos cambiar el lugar donde vivimos porque ya nos hemos ido de vacaciones o porque no nos vamos a ir, si que podemos cambiar nuestro ritmo de vida, adaptándolo al calor: sólo tenemos que escuchar a nuestro cuerpo, que nos pide reposo y sombra después de comer y hasta siesta, que nos pide disfrutar de los primeros aires frescos de la mañana, que nos pide comida llena de agua: mucha fruta, ensaladas y verduras, además de no hacer ejercicio durante las horas centrales del día.
Por cierto, ahí van algunas propuestas gastronómicas de verano: el gazpachuelo: dos tomates muy partiditos en trozos (sin piel), un pepino pelado y partido en dados pequeños, un pimiento también muy partidito, aceite, sal, un chorro pequeño de vinagre y justo en el momento de servir añadirle agua casi helada. ¡Perfecto para estos días!
¿No tenemos hambre para la cena? No hay problema, se hace un batido de leche, un par de quesitos en porciones, zumo de naranja y alguna fruta como paraguayas o melocotón, se bate todo, se sirve muy frío. Se toma con una pajita y ¿quién puede pensar que es una cena?
Un plato único muy refrescante: Diferentes hojas de lechuga se lavan y parten en un bol, se echa sobre ellas un huevo duro frío, una manzana en trozos, un pedazo de queso semicurado en trozos, cinco gambas peladas y frías y se añade al gusto un poco de salsa rosa (mahonesa con ketchup). Resulta delicioso.
Combinaciones maravillosas son: la pasta, el arroz y la legumbre en ensalada. Las cremas frías incluso de ave y legumbres si se hacen ligeras de textura. Las carnes escabechadas en guisos, el pollo resulta perfecto en estas reparaciones. Los pescados al vapor con un chorro de aceite. La fruta y lácteos en batidos. No hay que olvidar que necesitamos los mismos nutrientes aunque menos calorías, y que la clave esta en tomar alimentos de fácil asimilación, cinco veces al día.
Y aunque Agosto no nos trae frío al rostro… al menos nos dará un respiro.




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